
Fue una jornada poética intensa y festiva. El Foro polivalente Antonieta Rivas Mercado recibió al maestro Eduardo Lizalde (próximo a cumplir 85 años de edad) y a los presentadores de la nueva edición de su libro de poemas El tigre en la casa.
Acompañaron a la mesa al poeta y actual director de la Biblioteca de México, Vicente Quirarte, Édgar Amador y el moderador Mario Bojórquez.
Eduardo Lizalde y la poesía del resentimiento
Por Mario Bojórquez
(Prólogo del libro)

Un poeta romántico mexicano casi desconocido para
las nuevas generaciones, un autor digamos de culto, es quizá, una de las
fuentes del lenguaje injuriante en la poesía mexicana. Muchos poetas nuestros
han establecido una suerte de diálogo con la obra de Antonio Plaza, pero
será sin duda, el poeta Eduardo Lizalde quien mejor reflejará esta influencia
literaria, su libro El tigre en la casa, conserva rasgos
definitivos de la escritura de A una ramera, el tema de la amada
como el ser más vil y vicioso: en Plaza, la ramera, en Lizalde, la perra: “La
perra más inmunda /Es noble lirio junto a ella / Se vendería por cinco tlacos a
un caimán / Es prostituta vil, artera zorra / Y ya tenía podrida el alma a los
cuatro años. / Pero su peor defecto es otro: / Soy para ella el último de los
hombres.”
Mientras
que en Antonio Plaza reconocemos la devoción del amor por un ser manchado en el
desprecio social, en Eduardo Lizalde esta visión se ha modernizado, incide en
el destino de un hombre que ha tenido que sutilizar su amorosa entrega a
alguien por quien él mismo siente ese desprecio: “¡Ámame tú también! seré tu
esclavo, / tu pobre perro que doquier te siga. / Seré feliz si con mi sangre
lavo / tu huella, aunque al seguirte me persiga / ridículo y deshonra; al cabo,
al cabo, / nada me importa lo que el mundo diga. / Nada me importa tu manchada
historia / si a través de tus ojos veo la gloria.”
En sus poemas “Lamentación por una perra” y “La
ciudad ha perdido su Beatriz”, Eduardo Lizalde consigue ir más allá en el uso
violento del lenguaje con expresiones que causan pasmo en el sorprendido
lector: “También la pobre puta sueña. / La más infame y sucia / y rota y necia
y torpe, / hinchada, renga y sorda puta, / sueña.” Con expresiones de amargo y
ácido desencanto va colocando el repertorio de injurias “despreciable perra”,
“cloaca ambulante” “perra innoble” “perra sin límites” “perra impune” y aún las
prostitutas al lado de esa “perra” se ven como decentes señoritas: “¡Grandes
hetairas, / qué pequeñas sois junto a ella! / qué despreciables, / qué puras.”
En tanto que Antonio Plaza se logra una mezcla agridulce de injurias y devoción
enferma evidenciado en el uso del contraste, tal como en Petrarca reconocemos
el tema de los contrarios en el amor con su Pace non trovo…, donde
a cada proposición positiva en el discurso se alterna una proposición negativa
en sus valores más eminentemente morales: “Mujer preciosa para el bien nacida,
/ Mujer preciosa por mi mal hallada, / Perla del solio del Señor caída / Y en
albañal inmundo sepultada; / Cándida rosa en el Edén crecida / Y por manos
infames deshojada; / Cisne de cuello alabastrino y blando / En indecente
bacanal cantando.”
Una de
las figuras plásticas más impresionantes en la obra de Eduardo Lizalde, es la
de la mutilación y el desgarramiento, en el poema 3, del Retrato
hablado de la fiera, dice: “que el amor era una fiera lentísima: / mordía
con sus colmillos de azúcar/ y endulzaba el muñón al desprender el brazo”, y en
el poema Bellísimade La zorra enferma afirma: “Si
fuera usted un poco menos bella / si tuviera un defecto en algún sitio / un
dedo mutilado y evidente.” Y más adelante insiste: “Y desespera comprender /
que aun la mutilación la haría más bella/ como a ciertas estatuas.” La
referencia mexicana a este uso poético donde se unen belleza y mutilación la
podemos encontrar en un hermoso poema, Delicta Carnis de Amado
Nervo, donde el poeta nayarita se duele en oración por su alma que se pierde
entre los tormentos de la pasión carnal, rechaza a la Afrodita impura para
alcanzar el sosiego de los justos, pero en sueños temibles, la Venus de Milo lo
persigue y desea: “Y no encuentro esperanza, ni refugio ni asilo, / y en mis
noches, pobladas de febriles quimeras, / me persigue la imagen de la Venus de
Milo, / con sus lácteos muñones, con su rostro tranquilo / y las combas
triunfales de sus amplias caderas.”
Cuando leemos un poema, leemos también de nuevo al
hombre en su simpleza, en la modesta convencionalidad no heroica de sus ínfimos
actos, leemos en ese verso la misma pulsión que gobernó el latido del aeda, y
leemos al poeta futuro, aquel que volverá a cantar con nuevos acentos las
melodías antiguas. Cuando nos acercamos a la obra de un poeta verdadero, como
Eduardo Lizalde, nos acercamos a la historia del alma humana.